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jueves, 23 de julio de 2015

La venus de la ventana (PRIMER FRAGMENTO)

I



Afuera yo tenía ciertas cosas. Ahora no. Tenía una cama grande, un gato, zapatos con cordones, tele, cortaúñas y una compañera. Antes la tenía y ahora no. Antes tenía un nombre. Pandora G. Thompson. Ahora no importa mi nombre. Mi credencial dice P. Gonzales y estoy acá, cambiando las sábanas sucias de una cacha ajena. Hace tres días me bautizaron. Así que tuviste tu primera barraca. Eso me dijo la enfermera mientras me sacaba los coágulos de sangre pegados en mi nariz. Si, finalmente me atendió después de casi dos horas, pero a nadie le importa. Nadie tiene derecho a reclamar por la mala atención. Podría ser peor. Llevo como un mes acá. No sé los días exactos, prefiero no contarlos.

Venusterio. Cinco pasos de ancho, seis pasos de largo. Las paredes blancas, arriba una luz fría que demora en prenderse. La pared tiene manos marcadas, trato de sacarlas con cif, pero no salen. Todas las sábanas están amarillas, pero todos saben que alguna vez fueron blancas. Al lado de la cabecera de la cama, una ventana chica. Puedo calcular su tamaño con mi antebrazo y los barrotes son del ancho de mis muñecas. Es mi primer día de trabajo, es lógico que quiera tantear el terreno, conocer mi nueva guarida. Podría ser mucho peor. Podría no haber ventana. En realidad podría ser mucho peor, podría no haber cama. Podría no haber sábanas. Podría no existir esta pieza, podría no haber cachas.

Que las perras agradezcan que les tienen un motel para pegarse su cachaspirina pa los dolores. Cómodo. Equipado. Gratis.

Porque en la cana también hay espacio para el amor. Llega la vieja más arreglada que nunca, con harta base, harta sombra, con las cejas bien delineadas, con sus buenos tacos, el buen push-up, el bluyín apretadito, dejando la estela del perjume, el olor a impulse que marca un caminito que va desde la ruca hasta el fin del trayecto, cual flautista de Jamelin, pregonando su suerte, el momento más esperado del mes. Cientos de fosas nasales activadas en el camino, envidiando el aroma del placer, las dos horas más codiciadas, la promesa de las dos horas de gozo. Dos horas incluyendo el correspondiente ritual gendarmérico, o sea, los quince minutos que demora la funcionaria de afuera en avisarle al funcionario de adentro, menos los diez minutos que demora el funcionario de adentro en avisarle al funcionario de arriba, menos los cinco minutos de firmar papeles, menos los tres de revisión, menos los siete minutos que demora la escolta en cruzar la cana y subir las escaleras.

Ahí es cuando se produce el encuentro, el erotismo auto inducido, el desfile del amor, todos juntos, al menos cuatro especímenes dotados de virilidad superheróica y una que otra lesbiana treintañera marcando presencia. Ellos bien engominados, camisa, pelo en pecho, chaqueta de cuero, ungidos en ese desodorante que garantiza mayores probabilidades de llegar al éxtasis amatorio. El amor se ha hecho presente en este ritual de apareamiento, cada oveja con su pareja. Las más valientes corren a los brazos del susodicho, no importa nada, no hay tiempo que perder. Sacando la cuenta, a la vieja le va quedando una hora y diecinueve minutos en los que no puede perder el tiempo.

El venusterio es la muestra, degustación, una cata de sexo. Lo ves, lo palpas, lo saboreas, se te impregna el olor…pero jamás va a saciar el hambre ni la sed.

Cincuenta minutos de amor.

Mételo rápido, que no se salga, cuidao culiao, no te movai, aguanta, muévete culiao, ten cuidao culiao, te dije, sigue, suéltame, cállate culiao, calmao, sigue culiao, apurate, ven pa acá, así, ahí, espérate culiao, aguanta, puta la weá. Sabiendo que los turnos no son generosos, que ya no queda más tiempo, sabiendo que al cruzar la puerta del motel el reloj avanza más rápido. Así como llegó, se fue. No hay más. Otra semana más de andar con la roca. Esa roca de cien toneladas, la vi colgando en el cuello de las cuatro viejas, una tras otra. La roca más grande la sostenía el cuello de una mujer joven, como de mi edad, mientras se despedía de la treintañera. Se hacía más pesada con cada escalón que bajaba la escolta, desinflada, chupeteada, succionada como moscas en una telaraña, como si una transfusión de fluidos los hubiera vaciado para alimentar a estas mujeres vampiro.

Acá está lleno de vampiros. Te huelen el miedo desde lejos. Si los miras a los ojos no hay nada que hacer, te tiraste. Todos saben si te gusta el pico o si prefieres bajarte a lo berro, o si te gusta el pico, pero también te bajarías por necesidad, negocio u obligación. Aquí no hay secretos. Todos saben por qué estás aquí. De eso depende tu suerte, tu status inicial y tus aspiraciones futuras. Aquí nadie pregunta nada, todas lo saben. Como si hubiera una marca en tu cara, como si la mancha se te saliera por los ojos. Aquí ninguna lee libros porque pasan el día leyéndose las caras. Leen todo y no tienen que preguntarte nada porque cada paso que das genera un sonido, tu propia banda sonora que delata el motivo, razón, circunstancia. Tienes derecho a guardar silencio, pero no es cierto.

Nada aquí es silencio. 

1 comentario:

Gabriel Alejandro dijo...

Que te motiva escribir este tipo de cosas?? :)